LA HISTORIA

La Alta Ruta Amezúa-Alta Ruta de Gredos del año 1968

Luis González Blasco nos aporta este bonito relato de su participación y sensaciones en la Alta Ruta de Gredos 1968, del que hemos respetado la literalidad por su valor histórico y de secuencia narrativa.

1º Día. El autocar fletado por el Club Alpino llego de anochecida al puerto del Pico.

La nieve aunque no cubría la carretera estaba presente en el paisaje. Al bajar notamos el aire gélido que se enfilaba en el puerto. La venta a poca distancia, unos cien metros del borde de la carretera, parecía mimetizada en el paisaje. Algunas voces indicaron el camino y uno tras otro fuimos entrando en un patio, al abrigo del viento que anunciaba hielos en la mañana. Apenas se veía, alguien encendió una linterna, cegándonos momentáneamente. Al fondo un farol de aceite indicaba la entra al recinto. La estancia amplia se lleno rápidamente, iluminada por candiles le daba una sensación lúgubre, la gente no sabia que hacer, dejamos los macutos sobre el suelo y esperamos que alguien nos informara. Pasado unos minutos el director de la travesía pidió silencio, de forma escueta nos fue asignando los cuartos donde podríamos dormir y precisó que camas para todos era imposible, así que cada uno, con sus medios pasara la noche lo mejor posible.

La salida se fijo a las seis de la mañana donde se efectuaría el control del material y se entregarían las fichas de cada equipo. El mesonero ofreció sopa, jamón y queso, pues sus medios eran limitados. Lo cierto es que la sopa era capaz de resucitar a un muerto. Años mas tarde abrieron un mesón no muy lejos de aquel, junto a la carretera, donde he comido las mejores judías con oreja de toda mi vida.

Los candiles fueron apagándose y las voces perdiendo intensidad, el silencia se enseñoreaba dejando paso algún ronquido que otro, fue un sueño a duerme vela, donde los acontecimientos del día siguiente creaban cierta inquietud.

Sonaron voces que incitaban a levantarse. Me pareció que apenas había transcurrido tiempo, pero en unos minutos regreso el bullicio de la noche anterior. No pasaría ni media hora cuando se animaba a los equipos a presentarse en el patio para control. Después de un desayuno rápido y el recuento de material de cada uno, nos presentamos en el puesto: Nombres: Pedro Sáez, Fulgencio Casado, Luís González…

.- Bueno ya sabéis que la distancia máxima entre los componentes del equipo no debe superar los veinte metros, en cada control es obligatorio presentaros juntos, el último control en la Mira se cerrara a las seis de la tarde.- Nos regalo un mapa a cada uno, luego nos revisó el material obligatorio: Cuerdas, tienda, armazón de la camilla, piole, crampones, esquís. .-Bien esta todo, suerte.-

Nos sellaron las tarjetas y salimos cuando el día todavía no comenzaba a clarear.

Algunas cordadas nos precedían. Caminábamos silenciosos tomando el rumbo hacia la impresionante barrera helada que se dibujaba delante de nosotros.

En esta jornada de la Alta Ruta, había equipos de toda España: Catalanes, cantabros, andaluces, aragoneses, amen de los madrileños del club anfitrión, Guadarrama, Cumbres, Peñalara, Deportiva Excursionista y otros más que no recuerdo.

Pisábamos prudentemente sobre una nieve dura, pequeños arroyos ocultos serpenteaban por los prados cubiertos de nieve, algún pino que otro y rocas oscuras salpicadas de blanco formaban aquel puerto, había sido el paso natural para las fuerzas de Roma y dicen algunos, que hasta las huestes de Almanzor.

Teníamos intención de atacar las laderas del Risco del Cuervo frontalmente, a pesar de ser una subida un tanto agotadora. Algunas cordadas optaron por trazar una línea oblicua que soslayaba el repechón. Si conseguíamos ascender antes que la nieve se ablandase no necesitaríamos recurrir a las pieles de foca. Así que pisando sobre nieve dura fuimos progresando adecuadamente, aunque de cuando en cuando nos hundíamos. La idea era tomar altura lo antes posible, luego crestear el resto de la jornada ya montados en la cota de los 1800 m.

Llegamos a la cumbre del Risco del Cuervo cuando los primeros rayos iluminaban las crestas más altas, con suaves tonos púrpuras, rojos encendidos, naranjas y rosas. Era el contraste perfecto a la gama de azules que se degradaban hasta el violetas en los valles. Aun de noche se apreciaban las luces parpadeantes de las casa de algún pueblo.

La cuerda orientada de Este a Oeste se prolongaba con una serie de cumbres de altura similar que iba ascendiendo y descendiendo paulatinamente. Las cotas oscilaban entre los 1800m. 1900m. Fuimos dejando a tras: El Risco del Bierzo, La Silla, Cuerda de los Mojones, Risco de las Morrillas, Descendiendo hasta el Puerto del Arenal. La nieve fue poco a poco perdiendo consistencia, Al principio en las primeras subidas, las pieles de foca que había comprado de segunda mano funcionaron bien. Luego no se, si por que la nieve se hacia mas blanda, o por que las ataduras eran muy malas, lo cierto es que se desplazaban lateralmente, dándome un cúmulo de problemas para poder mantener el paso de mis compañeros.

El ritmo era constante y pocas veces nos deteníamos, algunas caídas o fallo en las ataduras de los esquís, era la única tregua que nos dábamos. Nos cruzábamos con algunos equipos, si se terciaba cambiábamos impresiones de la mejor forma de atacar aquel o aquel otro repecho.

Desde el puerto del Arenal enfilamos hacia los Cervunales, donde en tiempo de verano hay una fuente. Para evitar perder altura nos encaramamos a la parte alta, sobre los 1920m. Después de una subida prolongada, tocamos cumbre. Desde ella podíamos ver la garganta que formaba el rió Arenal, dando nombre a un pueblo pintoresco aguas abajo.

Buscamos el control en el puerto de la Cabrillas, pero los muy… se habían subido a la cota de los 2030m para sellar las tarjetas. Después de fichar tomamos un buen trago de agua y algunas vituallas que nos dieron fuerzas de nuevo. Preguntamos si habían pasado muchos equipos. En el fondo el espíritu competitivo estaba latente, pero lo cierto es que el sentido común aconsejaba mantener el ritmo mas adecuado a cada cordada.

Al ir tomando altura la nieve se hacia mas dura, aliviando un poco la lucha que teníamos con el material de esquí. Las cotas del Mojón de Tres Cruces nos permitieron acceder a la Peña del Medio Día. Desde esta cumbre mirando al noroeste, podíamos ver los montes de Toledo, y toda la cuerda que habíamos recorrido. La vista debajo de nosotros era asombrosa, barrancos profundos que acababan en la cara este de los Galayos, un poco mas bajo Mingo Fernando y el Hornillo. Las lomas peladas apenas surcadas por riscales ofrecían una superficie helada, por donde pudimos deslizarnos sin dificultad hasta el Puerto del Peón.

El sol había girado hacia el Oeste, la temperatura ligeramente mas baja indicaba que el día estaba llegando a su fin. Una serie de riscos completamente helados aconsejaban sortearlos por la parte de la Hoya del Cura. Solo bajamos lo imprescindible, de nuevo tomamos altura, atacando por la ladera norte, La Tarayuela, encumbrándonos por la gran superficie que da acceso a La Mira.

La temperatura había descendido sustancialmente, el sol ya comenzaba a perderse detrás de las cumbres del Morezón. El control nos dio la bienvenida, al abrigo de la tapia de un viejo refugio. Eran las cinco y media, algunas tiendas de campaña ya habían sido montadas, nosotros colocamos la nuestra al lado de aquellas. El sudor comenzaba a enfriarse y aconsejaba abrigarse lo más posible.

En cuanto dejamos anclados los esquís y los pioles, nos metimos dentro de la tienda, y nos quitamos las botas. Estas habían sufrido lo suyo, mojadas mas de lo habitual, tenían que ser protegidas para no encontrarlas heladas a la mañana siguiente. Mis pies agradecieron el descanso y sin perdida de tiempo nos metimos en los sacos con toda la ropa posible, pues la noche se esperaba fría.

Tomamos la mayor cantidad de liquido, bien con la sopa que preparamos con el infiernillo, o tomándola con te y limón. Poco a poco llegaban mas equipos, por las voces que oíamos, un grupo no había llegado al control, al parecer los vieron bajar a la Hoya del Cura y enfilar al Gargantón.

Lentamente fue cayendo la noche, nos apretábamos entre si, Fulgencio que tenia el saco peor, se quedo en el centro. Yo colocado en un lado pues tenia uno hecho por Pedro Gómez, se suponía que pasaría menos frío. Pedro no solo fabricaba sacos, era vecino y fue el que me inicio en el esquí de fondo. Sus enseñanzas me habían permitido pasar la jornada con una buena preparación.

Había pocas ganas de charla, al rato nos habíamos quedado dormidos rendidos por la fatiga. Pero esto duro poco tiempo, sobre las dos de la madrugada el frió nos despertó, aguante un rato sin decir nada, pensando que los otros dormían, lo cierto es que todo era arrimarnos mas y mas para darnos calor. Terminamos colocando los pies unos encima de los otros, cambiándolos de forma alternativa.

2º Día. Sobre las cinco de la madrugada se empezaron a oír voces; sin salir del saco fuimos desayunando; Pedro preparo un café con leche condensada que al tomarlo nos hizo revivir. Había que salir del saco, el frio nos hacia perezosos y remoloneábamos antes de hacerlo, lo peor es que apenas nos quedaba ropa de abrigo, casi toda nos la habíamos puesto por la noche. El paso siguiente era incluso mas duro “ponernos las botas”, estas se habían helado a pesar de protegerlas dentro de los macutos. De inmediato notamos el frio en los pies. Era una autentica locura, por mas saltos que dábamos, los pies seguían fríos y doloridos.

Recogimos las tiendas y metimos las cosas en los macutos, nos encaminamos para sellar las tarjetas y tuvimos que hacer cola para pasar el control, la espera parecía eterna, hasta que nos toco a nosotros.

Poco a poco fue aclarando el día, cúmulos de nubes pesadas se mecían en los valles, las mas ligeras trataban de remontar las cumbres, dando una nota lúgubre a los azules y blancos dé las aristas cumbreras. Caminamos sin esquís por las lomas de de los Pelaos pero el hielo se hacia cada vez mas duro, y el riesgo de patinar y caer se hacia latente. Vimos que algún equipo se ponía los crampones. A pesar del frio nos los pusimos también, es notorio que los crampones bajan la temperatura de los pies y estos ya estaban bastante fríos, lo que hacia insoportable dar un paso. Pero poco a poco estos fueron entrando en calor.

Pasamos cresteando el pico Molederas para atacar las aristas vertiginosas de los Campanarios, la belleza es indescriptible, por las dos vertientes había una buena caída, desde nuestra perspectiva se veían las cornisas que la nieve había acumulado hacia la cara Sur. Encordados fuimos progresando, cramponeábamos apenas un metro por bajo de la propia arista, para evitar romperlas y caer. Los primeros rayos de luz hacían refractar los cristales de hielo, sobre todo los que se habían depositado en los vértices de la arista. La vista se perdía en el paisaje tanto a un lado como al otro. El cuidado que pusimos al pasar nos hizo olvidar el frio. Es notorio que el cerebro humano da preferencias a la hora de medir los riesgos y en ese momento era obvio que las paredes de los Campanarios lo eran más.

Muchas veces me he preguntado por que tenía tanta atracción a este deporte. Montañeros mas expertos que yo han dado opiniones para todos los gustos, pero estaba claro que para mi, en aquella “arista” se aglutinaban todas las circunstancias que permitían a los sentidos captar la belleza sin limites del momento. No solo había luz y color, con esto no basta, también había riesgo, hermandad entre hombres, y una discreta soledad en el lugar que permitía la introspección.

Han sido muchas veces a lo largo de la vida las que he intentado repetir estos momentos, pero pasa como el cofre del tesoro, se esconden en lugares muy recónditos.

Por el norte el tiempo no pintaba bien, las nubes negras, amenazantes, se depositaban en la Hoya del Arabel y en la Plataforma cubriendo como un manto todo lo que estaba por debajo. Terminamos la cuerda de los Campanarios y lo primero que hicimos, era quitarme los crampones y ponernos los esquís. Sobre las lomas de Majada Cerrada comenzaron a parecer jirones de niebla, que ocultaban la visión, el deslizamiento sobre aquellas laderas parecía un sueño comparado con los momentos anteriores.

Empezaron a verse unas banderitas rojas que indicaban el camino. En previsión, semanas antes las habíamos puesto nosotros. La directiva de la sección de montaña del Alpino nos había hecho el encargo, fue una gran satisfacción el ver que eran de utilidad.

Llegamos al puerto de Candeleda y desde allí fue rápido encontrar el refugio del Rey. Hicimos un alto para comer y beber algo antes de atacar las laderas del Morezón. Desde este punto asciendes de forma suave y progresiva a Navasomera y de esta los últimos repechos hasta el Morezón.

Pasamos el control en esta ocasión de los primeros, pero sin querer, quizás el mejor conocimiento del lugar nos dio cierta ventaja, o la niebla que lo cubría todo.

Nos acercamos a la otra vertiente la de la Laguna Grande desde la cumbre se apreciaba todo el Circo.

Fuimos perdiendo altura por al izquierda en busca de el camino que cruza Los Barrerones, apenas descendimos del Morezón, entre el pequeño collado que se forma con Cuento Alto, Pedro se detuvo y nos dijo.

.- Esto lo vamos a bajar por aquí.- Señalando las paredes casi verticales que se precipitaban Hacia la laguna.

.-Estas loco.- Le contestamos al unísono, su repuesta no se hizo esperar, precipitándose por el impresionante corredor. En estos días esa bajada, para los que hacen esquí extremo, no tendrá dificultad, pero en aquella época nos dejo perplejos. Le seguimos desviándonos hacia la izquierda, aliviando la verticalidad con una serie de cambios de dirección. En unos minutos Pedro estaba al pie del camino que circunvala la laguna, esperándonos. Después de unos minutos nos situamos a su altura y nos dijo.

– Esto lo practicábamos en el grupo de Montaña en Jaca (hacia algunos meses que había terminado el servicio militar, mejorando sensiblemente su forma de esquiar con respecto a nosotros).

Pasamos por el refugio de la F.E.M tomando el camino que transcurre por encima de él. Cogimos altura sobre la Hoya Antón, atacando los repechos que hay a la derecha del imponente espolón que sustenta la Portilla del Venteadero, al pie justo de las paredes vertiginosas de Ameal de Pablo. Después de una subida sobre nieve dura, conseguimos pasar el control último de la jornada.

Montamos la tienda entre la que ya había y comenzamos el ritual de preparar sopa y algunos alimentos para reponer fuerzas, sobre todo calentar agua para evitar la deshidratación. La portilla del Venteadero estaba al abrigo del viento, dando la sensación de hacer menos frio que en la Mira.

Los comentarios con otras cordadas, de tal o cual incidente, ponían de relieve la gran camaradería de la montaña y en aquellas circunstancias todavía lo era más.

Estos recuerdos se inoculan, en el acerbo cultural de cada uno y pasando los años los revives con agrado.

Fueron llegando los equipos restantes, apenas llegaban montaban las tiendas y se metían en los sacos a descansar. A través de una pequeña rendija en la tienda de campaña, pudimos ver como los últimos rayos de Sol iluminaban las cumbres de los Hermanitos y del Perro que Fuma, el reto quedaba oculto por la tienda. El tiempo nos había dado una tregua, pero al día siguiente las cosas iban a cambiar. Poco a poco fuimos hundiéndonos en un sopor, que algunos los más optimistas, podrían denominar sueño.

3º Día. No se podía ver la laguna, las nubes invadían las partes bajas. No obstante la claridad en el Venteadero anunciaba la mañana. Las cumbres estaban despejadas. La salida se pospuso hasta las siete y media, para dar tiempo a los del control coronar la cumbre del Almanzor.

Fuimos saliendo unos tras otros, cada cordada ataco la subida por diferentes sitios. La mayoría enfiló directamente al Cuchillar de Ballesteros Nosotros a media ladera fuimos acercándonos al Almanzor. A unos cien metros ya se apreciaba la portilla que había entre la última cresta del Cuchillar y la propia cumbre. Se elevaba como una fortaleza de hielo, le colgaban alrededor enormes carámbanos del grueso del brazo y de varios metros de altura, daban la sensación de una fuente que se le hubieran congelado los chorros. Los primeros rayos del sol desprendían de tanto en tanto, las imponentes lanzas de hielo que colgaban de las paredes.

Rodeamos la cumbre hasta situarnos en Portilla Bermeja de espaldas al Cuerno del Almanzor, iniciamos el ataque por la cara Sur, por uno de los corredores que se habían formado con el hielo. A base de punta de crampones conseguimos uno tras otro alcanzar la cima. Los compañeros del Alpino nos esperaban, El Virginiano nos saludó y nos dijo que una cuerda estaba preparada por la otra canal para asegurar el descenso. Sellaron las tarjetas a todo trapo, pues el frio en la cumbre era de alivio luto. Regresamos por nuestros propios pasos hasta el Venteadero, recogimos el material y decidimos no el colocarnos los esquís hasta rebasar el Belesar.

El tiempo había cambiado y las nubes comenzaban a subir por las paredes del Venteadero movidas por fuertes rachas de viento. La ventisca azotaba el rostro sin piedad y nos zarandeaba haciendo perder el equilibrio. Nos encordamos para evitar sustos y muy lentamente progresamos por las aristas, mirando con respeto el abismo que se abría a nuestros pies en las profundidades de Las Canales Oscuras.

La niebla de cuando en cuando nos permitía ver a los de adelante, ellos tenían los mismos problemas, encorvados como ancianos, hacían frente a la ventisca. Al pasar de frente a la Galana ¡no la vimos!, mas que nada la adivinamos. El viento quedaba amortiguado por sus paredes dándonos un respiro. Cuando rebasamos el Belesar, nos colocamos los esquís, el viento había cedido su intensidad, dejando paso a pequeños copos de nieve.

Se comenzaba a vislumbrar la suave depresión del valle de Bohoyo. Empezamos el descenso por el lado izquierdo, en las laderas de los Castillejos, nos deslizamos por una nieve ligeramente dura que permitía coger cierta velocidad.

Sabíamos que la bajada del valle tenía una longitud aproximada de diez o doce kilómetros, estos eran muchos kilómetros, si tienes en cuenta toda la paliza anterior. Según perdíamos altura la nieve se hacia mas pesada, los esquís se hundían en una nieve primavera, dificultando los giros rápidos. Pasamos al lado contrario del valle donde era menos quebrado y nos deslizábamos con más facilidad. Lo que en principio fue agradable empezaba a ser monótono y fatigoso, pero bueno todo se acaba.

La nieve dejo paso a las rocas y algún arbusto que otro, los pequeños copos de arriba fueron transformándose abajo en gotas de agua. Ya no había espacios suficientes para seguir esquiando, así que nos quitamos las tablas y comenzamos a caminar por el sendero que transcurría por el margen derecho del rió. Calculo que desde que comenzamos a andar hasta el pueblo, habría unos cuatro kilómetros.

En el pueblo era un acontecimiento, algunos familiares esperan la llegada de los suyos, otras gentes del mismo Bohoyo, nos saludaron efusivamente. Cerca del sitio donde se celebro la comida, los grupos nos íbamos juntando para sellar el último control.

Presidio el almuerzo Félix Méndez presidente de la Federación de Montaña, y gente del Alpino que habían trabajado desde el valle. Organizando la infraestructura, recogiendo a los grupos que se perdieron, dispersos por los valles de las estribaciones de Gredos. La comida fue muy agradable, el vino y la cerveza desato las lenguas con un alborozo simpático. Algunos hicieron honor, varias veces, a las judías con oreja y las truchas del Tormes (Todavía no las había de piscifactoría).

Como colofón solo tengo que añadir que esos tres días fueron un ejemplo de compañerismo, no solo con Pedro y Fulgencio, también con el resto de los participantes que sin duda estuvieron a la altura de esta Alta Ruta Amezúa. La montaña en aquella época era lo mismo que una gran familia, lo normal era encontrarse en estas salidas a las mismas gentes. El sentido de unidad tan arraigado creaba en todos nosotros un vínculo difícil de explicar. Ahora con el paso del tiempo, muchos de los que pertenecían a esta hermandad ya no están con nosotros. A ellos, para que la niebla gris del olvido no los difumine, les dedico este relato.

Seguiréis en mi memoria esquiando eternamente, como aquella Alta Ruta Amezúa.

Por Luis G. Blasco.

Este artículo junto a otros de interés se encontraba ubicado en el proyecto «Revista Digital» que se eliminó en el momento de creación de la nueva web de club en el año 2019. Próximamente el conjunto estará disponible en esta web en su formato original.

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